Opinión
La ingeniería hidráulica y su demolición
Jesús Antonio Collado López
Dr. ingeniero de caminos
Los cambios propuestos en los tiempos modernos no garantizan que sean por sí mismos convenientes y necesarios. La capacidad de ser y de vivir de las sociedades, desde la prehistoria, se mide por la aportación de saltos cualitativos para pasar de un periodo a otro superior. El agua ha sido un factor determinante en la vida de los pueblos. El reto más importante reside en la eficacia de los planes para tener agua a disposición de las necesidades crecientes, tanto individual como socialmente.
Los movimientos migratorios —de la sociedad nómada a la sedentaria— han estado regidos fundamentalmente por la obtención de agua. A medida que las sociedades se han vuelto más complejas se han emprendido acciones cada vez más eficientes para tener agua segura tanto en cantidad como en calidad. En España tenemos abundantes muestras de esta actividad (como referencia de la Antigüedad, el acueducto de Segovia y la presa de Proserpina). El agua es fuente de energía y no tardaron en surgir los molinos para la molienda que aprovechan el desnivel entre una lámina de agua y un desagüe. La ingeniería hidráulica en España tuvo su despegue en el siglo XVI, con Juanelo Turriano, y sucesivamente nuevos ingenieros incrementaron las opciones de aprovechamiento del agua para mejorar la vida de la sociedad.
En el siglo XVIII, los cursos de agua se convirtieron en fuente de riqueza al ponerse en marcha importantes obras hidráulicas, que alteraron los escenarios preexistentes de los cursos de los ríos, con la construcción de azudes, canales y acequias para riegos. Fue el inicio de la gran industrialización en España. Las ferrerías se desarrollan y precisan de energía. Pedro Bernardo Villarreal de Berriz es un ejemplo de ingeniero hidráulico que se ocupa del tema y publica un libro sobre el particular. Falleció en Lekeitio, en la desembocadura del río Lea. Pasear por el curso de este río es un placer que recomiendo por su muestrario de obras hidráulicas en un escenario paradisiaco. Donde hay agua hay vida. Se van sucediendo los azudes, los molinos, las ferrerías y se finaliza con astilleros en su desembocadura. Gran parte de este inmenso acopio de historia técnica está en desuso, pero su visualización contribuye, sin duda, a conocernos como sociedad humana y sentirnos orgullosos.
El cambio de siglo, del XVIII al XIX, supone un antes y un después. El gran Agustín de Betancourt crea la Escuela de Ingenieros de Caminos y la calidad de la ingeniería aumenta; mencionaremos el informe de nuestro fundador sobre el Canal Imperial de Aragón, como pieza básica para comprender el nivel de la ingeniería española en ese momento. Los avances sanitarios hacen necesario dotar al país de un sistema de abastecimiento de agua de calidad y se fomentan grandes inversiones en este campo con el emblemático Canal de Isabel II. Constantino de Ardanaz, ingeniero de caminos, propone al Gobierno y este lo aprueba con la Real Orden de 1856 sobre abastecimiento de poblaciones. Al pasear por los pueblos españoles no deja de haber ninguno en el que no haya una fuente en la que se lee una inscripción con una fecha en torno a la citada. El éxito de la Real Orden mencionada lleva directamente a la aprobación de la famosa Ley de Aguas de 1866, cuya base es el trabajo de Constantino de Ardanaz. Para llevar agua a todos los pueblos de España hay que construir azudes, conducciones y depósitos: el orgullo histórico de los ingenieros de caminos, a los que literalmente se les debe la transformación del país a través de las diversas obras públicas.
La viabilidad de transportar energía a distancia con el desarrollo de las nuevas técnicas cambia completamente el panorama de la generación eléctrica
A finales del siglo XIX, se produce el incremento imparable de la población española y el avance de la industrialización. En este contexto, la figura de Joaquín Costa contribuye a galvanizar al país con el entusiasmo por la transformación del territorio a través de profundas reformas estructurales. La energía ha de fluir por empuje de la formación del gran capital industrial que se centra en el País Vasco y en Cataluña, sin olvidar Andalucía (con el desarrollo de Málaga). La respuesta a la llamada de Costa son los Planes de Obras Hidráulicas y la creación de las Confederaciones Hidrográficas (con Manuel Lorenzo Pardo, ingeniero de caminos). Aparece la energía eléctrica y su complemento fundamental: la posibilidad de su transporte a largas distancias.
Manuel Lorenzo Pardo, con el apoyo de Indalecio Prieto, funda el Centro de Estudios Hidrográficos en el año 1933. Se intensifican los trabajos para conocer en profundidad el sistema hidrográfico de España y saber cuánta agua hay. Nace la idea de los trasvases entre cuencas. La viabilidad de transportar energía a distancia con el desarrollo de las nuevas técnicas cambia completamente el panorama de la generación eléctrica. Es posible generar energía en Zamora y llevarla a Bilbao. Ahí destacan las grandes figuras de los ingenieros de caminos José Orbegozo, Rafael Benjumea conde de Guadalhorce, Luís Sánchez Cuervo y Ramón Serret. En este nuevo escenario se construyen obras hidráulicas de una dimensión hasta entonces desconocida. Agua para regadío y, por tanto, alimentación, y agua para generar energía. En los años finales del anterior régimen, la oposición encuentra una herramienta política en la negativa a construir grandes presas. Esta idea, soportada por los sectores conservacionistas, va a tener gran eco en la sociedad y a contribuir a debilitar el régimen existente.
Han pasado cincuenta años y todavía hay sectores anclados en esta idea política, a pesar de que ha surgido en el escenario la crisis energética; hay que tener en cuenta de que la población aumenta y que hay que alimentarla. Los regadíos, por lo tanto, han de potenciarse. En la crisis energética, además, nace la expansión del complemento de las instalaciones de bombeo. Para subrayar esta idea conviene tener muy en cuenta las actuaciones de Carlos Solchaga como ministro de Industria en el diseño de medidas de apoyo a la modernización de los establecimientos industriales en desuso (los antiguos molinos harineros) creando una industria de generación renovable. Las minicentrales hidroeléctricas dan vida al territorio.
Lo que se plantea ahora, por si los problemas fueran pocos, es hacer fuertes desembolsos para eliminar las infraestructuras fuera de servicio. Estimo que en un listado de prioridades lo fundamental es hacer frente a dos cuestiones prioritarias y que son la variabilidad climatológica hiperanual (DANA, daños personales y económicos de fuerte impacto, y almacenar el agua que el clima nos da), con la regulación (presas) y soluciones energéticas viables. Entiendo que la demolición de presas y azudes bajo la premisa de renaturalización de los ríos es alterar completamente el problema. He puesto como ejemplo el río Lea y hay otros en los que la existencia de esas presas y azudes ayudan a luchar contra crecidas, y en absoluto son contrarias a la vida. Están en juego la pervivencia de la presa de Los Toranes sobre el río Mijares, la de la Retorna sobre el río Najerilla, Artikutza sobre el río Enobieta y probablemente alguna más en trámite; sin tener en cuenta obras menores como azudes.
La presa de La Retorna es una presa bóveda de 14 metros de altura con una producción de 12 millones de kWh. Fue diseñada por el ilustre ingeniero de caminos Carlos Fernández Casado (logroñés) y finalizada en 1944. Al concluir la concesión a Iberdrola, la CHE ha ordenado su demolición. Es una flagrante arbitrariedad. Su demolición carece de sentido. No existe perjuicio alguno para las especies animales y vegetales, y por el contrario hay un beneficio evidente para la sociedad. Hay que sentar el criterio de que la figura de la concesión debe ser un instrumento de creación de riqueza y en ningún caso un mecanismo de hacer cierta clase de política. Por su parte, la presa Artikutza sobre el río Enobieta, de 43 metros de altura, fue construida para abastecer de agua a San Sebastián entre 1962 y 1992.
La vía de trabajo para evitar estas actuaciones es utilizar la figura del Patrimonio Cultural e Histórico. Entiendo que como línea de trabajo es ir a la catalogación de todas estas obras, a su clasificación y descripción minuciosa, de modo que los técnicos evalúen contenidos de historia de la técnica e incluso de interés estrictamente patrimonial. Demoler es una operación costosa, que, además, en el caso que nos ocupa, no conduce a nada. Finalmente, con la necesaria catalogación, se daría un nivel de protección adecuado y serviría para ilustrar la historia de España, no solo bajo un punto de vista político sino técnico. Demoler por demoler no puede ser nunca una solución. Las actuaciones públicas deben ir por el camino de conseguir atesorar toda el agua que nos llega. Hay otro problema que surge al iniciar este camino y es el de la financiación de la conservación de este inmenso patrimonio; la contestación es evidente: de la misma forma que se conservan todos los bienes catalogados y que afortunadamente están en pie, a repartir entre las distintas Administraciones según haya sido su utilidad en el pasado.
Para finalizar, dos apuntes: el primero es el de los trasvases. Este es un asunto que tenía su sentido cuando se planteó en el año 1933, pero actualmente todas las sociedades quieren tener agua y no es cuestión de repartirla para crear conflicto, hay que buscar soluciones y la técnica las tiene. Con la desalación el litoral mediterráneo resuelve su problema estructural de carencia de agua. El segundo apunte es el del carbono. En esta cuestión, el agua es de gran ayuda, con la creación intensa de suelos con abundante contenido orgánico, que fijan el carbono obteniendo de paso la conservación de estos frente a la erosión por falta de protección. Esta sí que es una tarea de Gobierno que sería reconocida por las generaciones futuras.